La Sociedad Discutidora

Soy hijo de una sociedad discutidora.

Desde chico fui entrenado con minuciosa habilidad en el oficio de discutir.
Discutir para los argentinos supone lograr imponer la razón de nuestros argumentos por sobre cualquier otra explicación.

Incluso cuando el otro consigue comprobar sus dichos, demostrando el valor de su punto de vista, un discutidor de excelencia alcanza a doblegar cualquier posición hasta hacer triunfar su análisis.

Adquirir esta destreza supone mucha dedicación, aprender de los errores y mantenerse en un constante adiestramiento sobre las propias capacidades histriónicas.

No importa la magnitud de la discusión, por el contrario, hay que ganar siempre, más allá de las dimensiones e importancia de lo que se habla, quien gana las discusiones más triviales y despreciables está entrenando con decisión para los combates más complejos.

Lo esencial es tener la razón o al menos que el otro, o los otros, logren convencerse de la poderosa validez de nuestros juicios por sobre todas las manifestaciones de los demás. Y para lograrlo es imperioso creer que lo que decimos es la única verdad posible, aun cuando esa verdad sea mentira.

El convencimiento está por sobre todo.

El hábil discutidor carece de consistencia en el tiempo, hoy puede apoyar una idea o posición y en pocos días, con una pericia admirable, cambiar absolutamente de bando o premisa y defender con éxito el postulado opuesto.

Aunque también está el discutidor ideológico, que más allá de cualquier demostración, asume la defensa de sus ideas sin demasiada reflexión y, si es necesario, hasta desprestigiando a su oponente para debilitarlo.

El tono de la voz, los ademanes ampulosos o mínimos según la ocasión, el presunto dominio de variados temas y amplios conocimientos incomprobables, tanto como los cambios emocionales elegidos con pericia o la descalificación irónica del otro, son herramientas esenciales que influyen en la naturaleza de los mejores discutidores.

Una sociedad tan amaestrada en estas capacidades vive en un enfrentamiento permanente.

Cualquier diferencia o altercado, por minúsculo que sea, se vuelve una disputa crucial, donde creemos estar poniendo en juego toda nuestra integridad.

Y ni bien ganamos una discusión, sabemos hacer ostentoso alarde de la porfía y la obstinada defensa de nuestra maestría para la polémica.

Cuando un discutidor serial es puesto en evidencia, en especial ante sus armas más manipuladoras, suele escudarse en que todo ha sido una broma y que en todo caso su interlocutor carece de sentido del humor.

Así, los de nuestra generación hemos construido, con paciente dedicación: esta sociedad discutidora, que vive más de sus enfrentamientos que de sus acuerdos.

Una campaña política, un clásico del fútbol, un divorcio, dividir una herencia, aprobar una ley crucial o dirimir una disputa de tránsito acrecientan nuestros enfrentamientos, nos fragmenta aún más, nos violenta peligrosamente y cuando nos miramos en el tiempo estamos cada vez más hostiles y divididos.

Unitarios y Federales. Civilización y Barbarie. Peronistas y Antiperonistas. Civiles y Militares. Azules y Colorados. Halcones y Palomas. Conservadores y Revolucionarios. Porteños y Provincianos. Progresistas o Populistas.

Estos enfrentamientos continuos en nuestra historia hablan de nosotros, mucho más que cualquier otro análisis sociológico.

Tenemos tan naturalizada la discusión que incluso ocupa los horarios centrales de la televisión, a través de programas con paneles de expertos polemistas y cosechando altos niveles de rating.

Nuestra amenaza más grande es que esta acumulación de discusiones, viscerales e históricas, conlleva andar por una cornisa extremadamente riesgosa hacia el odio entre conciudadanos.

Y aquellos que podrían influir en un tratamiento más beneficioso de nuestras diferencias saben, que mientras nos enfrentamos en lo cotidiano, es más fácil evitar los debates reales, ocultar las auténticas motivaciones y aplicar la debida justicia. Porque así, discutiendo en la superficie, evitamos desafiar la profundidad de lo que nos pasa y solucionarlo.

El peligro más delictuoso de nuestra sociedad discutidora es convertir este enfrentamiento en resentimiento. Es así como hemos logrado ser el único país del mundo donde a un partido de fútbol sólo pueden concurrir los hinchas del equipo local y con amplios despliegues de seguridad. Este ejemplo hace evidente la intolerancia y el nivel de nuestras disputas triviales.

 

Discutir viene del verbo “discutere” que significa: golpear una cosa hasta hacerla quebrar en mil pedazos.

Cada vez que discutimos estamos rompiendo algo.

Me cuesta desaprender lo aprendido en mis habilidades discutidoras, sin embargo, comprendo que cualquier cambio real tiene que empezar por mí y si me dejo llevar por la sociedad discutidora solo acreciento la provocación y el problema.

Creo, pienso y siento que necesitamos debatir, con seriedad y responsabilidad, sentarnos a hablar por encima de nuestras diferencias y sin descalificar al otro, acordar sobre la sociedad que queremos y la manera en que vamos a lograrlo. Las auténticas comunidades evolucionan debatiendo, superando diferencias y acordando hacia dónde y cómo ir.

Discutir jamás es debatir. Mucho menos tiene que ver con el acordar y superar las diferencias. Hasta que logremos que suceda tengo muy en claro que el enfrentamiento crece y nos divide mucho más.

Luis María Palacios

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